6 razones para dejar de consumir Fast Fashion

Estamos atrapados en un bucle: H&M, Zara, Primark… El Fast Fashion sigue siendo la opción más común para la mayoría de consumidores. Una opción rápida, capaz de generar unos hábitos de conducta de los que puede ser muy difícil librarse. Haciendo que los adictos a la moda rápida se revelen frente a cualquier amigo o conocido que intente mostrarles otra vía de consumir moda: “Si dejamos de comprar Fast Fashion, ¿qué pasará con todos los trabajadores de la confección que dependen de ella?”, “Si la demanda desparece, ¿cuáles serán sus opciones?”. Para responderles, lo mejor será echar un ojo a esta pequeña lista de razones.

1. El futuro no es binario

Esta es una opción que saben explotar muy bien las mismas empresas cuyos intereses se generan a partir del negocio de la moda rápida. “En Parsons estamos trabajando duro para desarrollar sistemas que nos ayuden a salir del actual paradigma centrado en un argumento de blanco o negro”, apuntaba Brendan McCarthy, Directo del programa BFA Fashion Design de la escuela Parsons, durante el estreno del documental de Remake “Made in Mexico”. “Analizamos cómo la combinación de diferentes sistemas, inusuales asociaciones, colaboraciones con instituciones públicas, e incluso con grupos que podrían sorprendernos, como AARP —una ONG estadounidense dedicada a las personas mayores de 50 años— , pueden ayudar a cambiar el sistema”.

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2. Trabajos precarios y esclavitud

Mientras las grandes compañías de moda rápida anuncian día tras día nuevas iniciativas éticas, gastándose más de 2 millones de dólares en auditorías, nuevas tecnologías, códigos de conducta o en publicar su lista de proveedores, observamos que todas estas iniciativas tan solo consisten en tachar casillas de la lista creada por las propias empresas. ¿Pero dónde quedan las reuniones con los trabajadores de la confección?¿dónde el auténtico interés por descubrir las necesidades y las circunstancias en las que se encuentran aquellos que fabrican las prendas que después ponen a la venta? Son personas como Simone Cipriani, funcionario de las Naciones Unidas y fundador de la Iniciativa de Moda Ética del Centro de Comercio Internacional; o Rebecca Van Bergen, de la organización sin ánimo de lucro Nest; quienes terminan realizando el trabajo de campo, y los artífices de crear auténticos nexos de unión significativos entre las empresas de moda occidentales y las comunidades de trabajadores de África, Afganistan y otros países. Impulsando iniciativas como la organizada por la ONG Remake, que se encarga de llevar a jóvenes diseñadores a Sri Lanka o Camboya para reunirlos con los trabajadores de la confección de aquellos países.

Así que lo que realmente tenemos es, por un lado a las grandes marcas occidentales creando estándares de transparencias, y por otro a las comunidades de trabajadores de diferentes partes del mundo cumpliéndolas, en mayor o menor grado. Pero en la realidad, no existe ni se fomenta ninguna clase de relación o compromiso directo entre ambas partes de esa cadena.

La fundadora de Remake, Ayesha Barenblat, afirma que nuestro rápido consumo de moda no ayuda a los trabajadores de la confección —que suelen ser mujeres— a construirse un futuro solido y seguro para ellos y sus hijos. “Ella básicamente está atrapada en una espiral de pobreza. A todas horas escucho ese argumento de que al menos tiene un trabajo. Pero si nos fijamos en el crecimiento de China, construido sobre las espaldas de sus trabajadores, la verdad es que la moda rápida es solamente amiga de los buenos tiempos. Si sigues la cadena de suministros, minuto en el que comienza a haber protestas, minuto que el salario comienza a subir, y la industria se marcha. Las puertas de las fábricas se cierran, y los salarios atrasados nunca se pagan. Los trabajos simplemente desaparecen”.

Acaba de celebrarse el aniversario del incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Manhattan, que se cobró 146 vidas el 25 de marzo de 1911. El accidente industrial con más víctimas mortales en la historia de Nueva York. Y al recordarlo, no deja de aparecer el sentimiento de que parece que la fabricación precaria de prendas esté en una continúa gira mundial desde entonces. La similitudes entre aquel desastre y el colapso de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh en 2013, que se cobró 1.134 vidas, parecen indicar que hemos aprendido poco. Simplemente se aleja el problema, pero no se soluciona. “Una vez que China se hizo demasiado cara, nos fuimos a Camboya. Luego cuando los sindicatos allí comenzaron a envalentonarse, nos trasladamos a Birmania y Etiopía. Estamos dejando un rastro de devastación”, apunta Barenblat.

3. La llegada de los robots y la automatización

Parece que la llegada de los robots comienza a ser más que una fantasía de ciencia ficción —solo hay que echarle un ojo a los almacenes de Alibaba o Amazon—, pero lo que sin duda ya es una realidad es la creciente y constante automatización de los procesos industriales. Como ejemplo, para crear unos vaqueros desgastados ya no hacen falta 50 trabajadores, solo una máquina láser. Técnicas que reducen los costes en los países occidentales y acortan el tiempo de la mano de obra, pasando unos vaqueros de necesitar 20 minutos a 90 segundos para lograr su aspecto desgastado. Avances que ya han llevado a consultoras como McKinsey a anunciar que previsiblemente para el año 2025, la producción de prendas básicas estará completamente automatizada.

¿Y que hacer ante la inminente llegada de los robots? Lo que se debería es sin duda apostar por el capital humano, y hacerlo antes de que el proceso se vuelva ya en imparable. Priorizando las políticas que contribuyan a crear un sistema alternativo más inclusivo y respetuoso con las personas y con su entorno, antes de que un sistema que para muchos ya no funciona, termine degenerando en otro igualmente excesivo, pero todavía más barato y especialmente cruel con sus propios trabajadores.

4. Una realidad a la que todos contribuimos

Los trabajadores de la confección son en más de su 80 por ciento mujeres. Los jefes de las fábricas son mayoritariamente hombres. Y las mujeres a menudo son subcontratadas y permanecen invisibles en la cadena de suministros de las marcas. Quizás incluso trabajando desde casa, sin ninguna clase de derechos como trabajadoras, sin cuenta bancaria, y pagadas por trabajos y no por horas. O incluso trabajando entre humos y vapores perjudiciales para su salud, soportando situaciones de acoso sexual y otra clase de abusos a diario.

Y ante esta realidad, existe a nivel general una actitud condescendiente a la que ayudamos y contribuimos con nuestra adicción por la moda barata. Las averiguaciones realizadas por Remake en México, Camboya y Sri Lanka, indican que cuando los trabajadores de la confección comienzan a conocer sus derechos son capaces de defenderlos y exigirlos por si solos. Barenblat contaba como una señal de éxito para estas mujeres es cuando son capaces de comprar un teléfono de nueva generación y conectar con Remake a través de Facebook, interactuando con la ONG. Conductas que han provocado que China por ejemplo ya no sea un país tan barato, habiendo experimentado desde 2010 un aumento de su salario medio de un 80 por ciento. En contra, las empresas Chinas han comenzado a trasladarse y ha construir fábricas en países como Etiopía.

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5. La tendencia del “Nearshoring”

Firmas de gama alta como Burberry o Hubo Boss, están renovando sus políticas de externalización, apostando de nuevo y cada vez más por productos realizados en Reino Unido y Alemania respectivamente. Frente a este cambio, Bloomber asegura que “la moda rápida está avanzando haca la moda ultra rápida, siguiendo los ejemplos de minoristas online como Boohoo, Asos y Lesara”. Una nueva realidad que, tal y como anuncian estudios como el de McKinsey, hará que para 2025 la mitad de nuestra ropa provenga de “nearshoring” y países vecinos, debido a la vital importancia para el nuevo consumidor de unos plazos de entrega cada vez más breves, en su continuo deseo por la inmediatez. ¿Quizás sea esta una posible solución? Y es que puede que la moda rápida, en su avidez por el “ahora”, tenga que terminar por elegir entre tiempo y precio.

6. Solamente di “No”

Comprar menos a día de hoy no es un habito muy popular. De la misma manera que hace una década no lo era convencer a alguien para que dejara de fumar. Pero sí es la opción más saludable. Descubrir dónde se hacen las prendas es un paso más hacia un consumismo más consciente, y una forma con la que recompensar a aquellas marcas que intentan trabajar de una manera justa y respetuosa con las comunidades de fabricantes.

Históricamente, los movimientos y cambios en los hábitos de consumo, esas “pequeñas revoluciones” domesticas, siempre han sido impulsas por las bases sociales, nunca por sus estamentos superiores —políticos, empresarios, presidentes de colectivos sociales, etc—. Por lo que cambiar nuestro comportamiento puede llevar a crear importantes cambios en políticas y leyes. Nosotros tenemos el poder. Juntos, y por separado. Y la respuesta está tanto en lo que hacemos, como en lo que no hacemos: no comprar esa camiseta, no comprar esos vaqueros… Al no hacerlo, estaremos contribuyendo a derrumbar un sistema injusto y opresivo. Y cuando la próxima vez nos pregunten “¿qué pasará con los trabajadores de la confección si dejamos de comprar moda rápida?”, tendremos la respuesta perfecta: Les brindamos la oportunidad de prosperar con dignidad.

Artículo escrito para FashionUnited por Jackie Mallon. Editado y traducido por Jaime Martínez.

Además de escritora y editora de moda, Jackie Mallon es educadora y autora de “Silk for the Feed Dogs”. Una novela ambientada en la industria de la moda internacional.

Photo Credits: Wikimedia Commons: Zara - Fabrica textil en Bangladés - Helping Khaleda, superviviente de la tragedia del Rana Plaza de Bangladés.

 

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